Arte y educación: Un vínculo histórico, una supeditación no resuelta

Por Sara Gabriela Baz

Educar es formar para el desarrollo de capacidades. En otros tiempos, educar era amaestrar, criar, “dar doctrina a la juventud” (Aut. Sub voce, 1732). En los museos, las áreas de educación se esfuerzan por manifestar al público que no hay un liderazgo en la enunciación discursiva y que el personal contribuye a que el público genere sus propias experiencias y conocimientos. Lamentablemente, el público mexicano responde de manera adversa y desea que se le proporcione una vía por la cual transitar. Por terrible e impositiva que hoy pueda parecernos esa antigua noción de “dar doctrina a la juventud”, educar siempre implicó una conducción y, en la historia de la educación vinculada a recintos culturales, es decir, a la educación informal fuera del aula, posiblemente se hayan tenido revoluciones más sustanciales que en el terreno de la educación formal.

En nuestro país, la educación es una de las piedras angulares de la conformación de la modernidad institucional que caracteriza el fin de la Revolución y el deseo de obtener un rumbo como nación moderna en las primeras décadas del siglo XX: la educación sería laica, pública y gratuita a partir de su caracterización en la Constitución de 1917.

En 1921 se fundó la Secretaría de Educación Pública y como su primer titular tuvo a José Vasconcelos. Fue en este marco que se produjo un arte relacionado con la educación del pueblo, que se instituyeron las misiones culturales y que se impulsó la escuela rural. Artistas como Diego Rivera, Jean Charlot, Amado de la Cueva, Roberto Montenegro y David Alfaro Siqueiros, por mencionar sólo algunos, serían los encargados de realizar las pinturas que hasta hoy cubren los muros del inmueble que albergara a la Secretaría y de diseñar los carteles y materiales necesarios para la difusión de las misiones culturales por todo el país. Arte y educación formaron campaña política, militancia y una unidad indisoluble que, históricamente, decantó en la ancilaridad del sector cultural al de Educación Pública en términos de organigrama, presupuesto, políticas y decisiones: la fundación en 1988 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA o CONACULTA) no implicó autonomía para el sector cultural, sino supeditación a la SEP.

La disolución del CONACULTA y la creación de una Secretaría de Cultura en el año 2015, dieron el tiro de gracia a la relación histórica que habían mantenido la cultura y la educación. Esto planteaba interesantes perspectivas para el sector, así como algunas interrogantes muy comunes: ¿Se lograría por fin la ansiada autonomía del sector cultural en términos de programación y presupuesto? ¿Se dejaría de ver al museo y sus contenidos como un complemento al programa de la educación básica y media? (véase al respecto https://issuu.com/somosconexion/docs/gaceta_de_museos._inah)

La ancilaridad que la cultura guardaba respecto de la Secretaría de Educación Pública, después de un interludio de ambigüedad y antes de la promulgación de la Ley General de Cultura y Derechos Culturales el 19 de junio de 2017, se trasladó a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. La vocación educativa de institutos como INAH e INBAL se defendió frente a la posible desvinculación de ambos respecto de sus misiones primigenias, pero la SEP no dio visos de asumir la labor de formación de profesionales en artes y en el cuidado del patrimonio, de modo que los cambios derivados de la creación de un nuevo ministerio no resultaron perceptibles.

El cometido de la Secretaría es 

la promoción y difusión de las expresiones artísticas y culturales de México, así como de la proyección de la presencia del país en el extranjero. Impulsa la educación y la investigación artística y cultural y dota a la infraestructura cultural, de espacios y servicios dignos para hacer de ella, un uso más intensivo. Trabaja en favor de la preservación, promoción y difusión del patrimonio y la diversidad cultural. Asimismo, apoya la creación artística y el desarrollo de las industrias creativas para reforzar la generación y acceso de bienes y servicios culturales, además de que promueve el acceso universal a la cultura aprovechando los recursos que ofrece la tecnología digital. (https://www.gob.mx/cultura/que-hacemos).


Las negritas indican que la Secretaría de Cultura es responsable de impulsar la educación artística, sin profundizar en su definición; hacerse cargo de dotar y mantener la infraestructura que para ello requiere el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, por ejemplo, es una obligación, tanto como velar por la manutención del sistema de becas que impulsan la creación artística y los proyectos culturales y que tantas controversias han causado en días recientes ante el pronunciamiento de la senadora Jesusa Rodríguez acerca de la suspensión de apoyo a artistas por parte del FONCA, otro organismo creado en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari y constituido apenas un año después que el CONACULTA.

            El histórico vínculo que el arte y la educación han tenido en México indica, pues, que debemos cuestionar la conducción política que en la actualidad pesa sobre el sector cultural, así como las decisiones presupuestales que esta administración federal ha tomado sobre el mismo, impidiendo el desarrollo de la misión educativa, poniendo en riesgo la operación y la apertura de recintos culturales diversos. Hace apenas algunos días se determinó el cierre por tiempo indefinido de la biblioteca José Vasconcelos, para lanzar un comunicado poco después anunciando -probablemente por la presión de la comunidad- que se revocaba la decisión y que el recinto seguiría dando servicio al público. Las bibliotecas son recursos indispensables para garantizar posibilidades de educación entre la población. Las bibliotecas, como otros recintos culturales son figuras centrales en la dinamización de la vida de las comunidades a las que sirven. Los museos, los faros, las casas de cultura forman parte de esta red. No son aulas alternas ni tienen la obligación de apoyar los programas de la SEP: son espacios de encuentro y detonación de intereses ante la provocación que representan los objetos y los discursos. Son recintos en donde se producen relaciones significativas que restañan el tejido social.

Hace tiempo que se dejó atrás la noción de “servicios educativos” para pasar a la comunicación educativa y a la mediación, ideas que también están en desplazamiento constante (Cfhttps://issuu.com/somosconexion/docs/gaceta_de_museos._inah.) La experimentación en todos los sentidos, el disfrute y la capacidad de encontrar explicaciones alternativas han sustituido la antigua tarea que caracterizó la “prehistoria” de los servicios educativos en los museos de nuestro país, cuando se pensaba en el taller productor de manualidades como herramienta ideal para conducir a los niños hacia una educación artística y hacia la comprensión de su pasado a través del contacto con vestigios y testimonios.

            En el ámbito museístico, los primeros pasos se dieron hacia 1950, en los dos museos existentes, es decir, en el Museo Nacional de Antropología y en el Museo Nacional de Historia. Lo que iniciara en el INAH en 1952 y que condujo a la consolidación, en 1954, del Departamento de Acción Educativa fue el semillero para innumerables reflexiones, pruebas, talleres y ensayos a partir de la experiencia pura que, al paso de los años, han desvinculado la idea de “servicio” al quehacer de los educadores de museo y han transitado por el camino de la curaduría educativa, de la producción de experiencias y de la mediación de los discursos académicos.

No obstante el trecho recorrido, la noción de educación vinculada a los recintos culturales todavía enfrenta problemas tales como falta de presupuesto, supeditación a las áreas curatoriales o directivas, desestimación de las tareas de atención y mediación que el personal -generalmente escaso- lleva a cabo, apenas con lo que tiene. La labor experimental del Departamento de Acción Educativa del INAH consolidada durante la dirección de Ignacio Marquina hacia 1945, vivió su edad dorada en la década de 1960 a 1970, para desaparecer finalmente en 1973 con la idea de que cada museo tuviera y condujera su propia área de educación. El modelo fue retomado en los museos del INBAL, conforme a sus propias necesidades y en la actualidad, los problemas que estos enfrentan no difieren en nada respecto de los que se vive en el INAH: falta de presupuesto, falta de capacitación o profesionalización -sobre todo en los estados-, falta de interés en las actividades propuestas por los educadores, necesidad de atención a ingentes públicos escolares con escasos recursos humanos y materiales, dependencia de los maestros que abandonan al grupo en visita para que los educadores se hagan cargo, ancilaridad respecto a otras áreas sustantivas y necesidad de alineación a peticiones del INEGI en la aplicación de encuestas que, finalmente, arrojan pocos datos cualitativos que permitan la reorientación de políticas por parte de los directivos, pero que consumen mucho tiempo al desgastado personal encargado de las áreas de educación y mediación.

Por otro lado, el proyecto de los Centros de Educación Artística (CEDART) que arrancó en 1976 goza ya de una amplia trayectoria en la formación de jóvenes con inquietudes artísticas y deseos de ingresar a las escuelas superiores del INBAL. Pese a su supervivencia, los CEDART, las Escuelas de Iniciación Artística y las Escuelas Superiores no se encuentran en mejor situación presupuestal que los museos: las problemáticas se vieron recrudecidas con los daños que varios inmuebles sufrieron a raíz del sismo de septiembre de 2017, la falta de mantenimiento de las instalaciones, la incapacidad del gobierno federal de contratar licenciamiento y de modernizar los sistemas de cómputo y de seguimiento impiden, entre otros factores, que el proyecto crezca. 

Volvamos a la Ley General de 2017: el Estado es garante de los derechos de acceso a la cultura que tiene todo mexicano. Por esta razón, además de las históricas, es impensable un escenario en donde no se destinen recursos públicos a la infraestructura que se dedica a la educación artística y a la mediación y formación de públicos en recintos culturales. Educación debe conllevar crítica, sólo de esa manera contaremos con comunidades más incisivas que demanden un mayor esfuerzo en la producción de discursos por parte de los profesionales. El reto que tiene el sector cultural y la comunidad académica que comparte escenarios y participa igualmente en la construcción de conocimientos y experiencias en los recintos culturales es enorme y comienza por la detección, la denuncia, la observación y la reflexión. œ

Imagen: Exposición Afroamericanos, en el Centro de la Imagen. México, 2018.